Realidad de baja definición

Es una tarde de sábado. Hace calor y está soleado. Estoy recostado en la cama leyendo, tan tranquilo que si me dejo llevar, podría caer dormido en cualquier momento.

El cielo está de un celeste chillón, con alguna nube tenue suspendida a la distancia, ¿por qué no? Una palmera cabecea sobre mi balcón.

El mundo se siente abundante y, en líneas generales, como si estar vivo fuese una buena noticia. Realmente se siente como 2016 otra vez, pero ahora soy un adulto. Me pongo el short de baño y voy a nadar un rato.

Todo rebalsa de detalles, todos los sentidos son susceptibles – el agua fría me envuelve y me refresca, hay un olor floral en el aire. Los hijos de mis vecinos ríen del otro lado de la medianera.

Eventualmente, me canso. Un tábano me falta el respeto. Le escapo. Entro, me seco, y me siento frente a la computadora.

Internet es passé

En varios escritos (muchos publicados en nadarespetable.com), presenté la idea de que internet era un mapa del mundo, una capa de abstracción que muchos confundían con el mundo mismo. Me desdigo de todo eso.

Sí, internet es como un mapa – en cuanto es chato. Pero creo que nos es más útil pensar en internet como una realidad de baja definición. Está fragmentada y fuertemente mediada. Nos ofrece experiencias menos nítidas, menos inmersivas, que las que regala la realidad analógica – aquella en la que, como meditaba Virginia Woolf hace casi cien años, podemos ver el mismo valle que vio Alejandro Magno. Internet no es el mundo. Nos sirve para circular ideas que colorean nuestra visión de la realidad, pero no mucho más.

Todo esto me parece atendible porque, en el último tiempo, los colegas trend forecasters han comenzado a anunciar que «offline es el nuevo lujo» – «las elites» (económicas, culturales o ambas) se diferenciarán de «las masas» o las personas de «bajo status» retirándose de internet. Al final del día, ¿por qué pasarías 16 horas mirando TikToks y peleandote con gente en X, pudiendo hacer cualquier otra cosa?

Hay dos fenómenos que podrían dar cierto sustento a esta impresión:

Glowie

Discutir en internet tiene cada vez peor reputación. Transmutó de ser una parte natural de participar en internet, a ser un ejercicio futil. Esto puede relacionarse a la popularización de esta idea divertida de que las redes sociales están llenas de operativos de agencias de inteligencia – porque servicios no ofrecen ninguno.

Todo es nada y nada es nuestro

La creator economy se está volviendo más precaria y competitiva que nunca – un poco como resultado tardío del triunfo del video corto, y otro mucho por la apropiación ilegítima de contenido que hizo posible a la inteligencia artificial generativa.

Si la mayoría del contenido que te sulfura ha sido platado por alguien que está trabajando de sulfurarte en nombre de algún gobierno; y no tenés incentivos económicos para hacer engagement farming – ¿Por qué invertir todo tu tiempo libre en internet?

Realidad parásito

Existe una cultura de internet, pero es extremadamente pobre y parasitaria. El meme nativo de internet (no proveniente de otro medio y rescatado), suele degradarse rápido, hasta ser comunicacionalmente inutil. Lo mejor que tiene internet se lo ha robado al mundo. Editoriales de revistas de moda son reprocesadas para producir slop. Pero ni siquiera el slop es propio.

Los argumentos de los creativos en contra de la inteligencia artificial generativa pueden ser extendidos a internet toda.

«Incluso la más perfecta reproducción de una obra de arte carece de un elemento: su presencia en el tiempo y el espacio, su existencia única en el lugar donde resulta que está… La presencia del original es un prerrequisito para el concepto de autenticidad.» – Walter Benjamin, El arte en la era de la reproductibilidad técnica

Sección en la que te corro con definiciones

Los amigos trend forecasters arguyen que el rol que uno le asigna a internet en su vida pasará a ser un marcador de clase.

Si bien este es el tipo de lecturas que, paradójicamente, proliferan porque la pegan en Substack, creo que esta idea está mal planteada.

¿»Internet» son los sitios webs, las redes sociales, o los cables transatlánticos que sustentan a la red? ¿»Internet» es todo al mismo tiempo? ¿Internet es el internet planetario que esquematiza Benjamin Bratton en The Stack, ese tomo de 700 páginas tortuosas para quienes no completamos nuestros estudios terciarios?

Cuando hablamos de internet, por lo general, queremos decir «contenido». Ese término que achata – o que iguala. Breaking Bad es contenido, La Chinoise es contenido, un TikTok de unas sorority girls meneando lo que construyeron a fuerza de aeróbicos y cornbread es contenido.

Con la inteligencia artificial generativa, se pretende industrializar la producción de contenido, sometiendo a los «productores de contenido» a lo mismo que sufrió un artesano tornero cuando inventaron la máquina de hacer tornillos. El tornillo es la mínima expresión de la sociedad industrial. El «contenido» es la mínima expresión de la sociedad de la información.

La industrialización del tornillo le trajo estándares de calidad predecibles al tornillo. Con el mismo molde y una máquina bien calibrada, puedo producir muchos tornillos, todos ellos perfectos. Minimizar el factor humano en la producción del tornillo fue un acierto.

Pero hay una diferencia importante entre el tornillo y el contenido: Producir 700 tornillos con el mismo molde a la velocidad de la luz es inambiguamente positivo para la especie humana. Lo que hace bueno al «contenido» es todo aquello que una persona puede hacer de sí misma, o que puede construir con los demás, y que la máquina no puede generar por sí sola, sólo reproducir sin intencionalidad ni pasión. Para que haya arte tiene que haber una búsqueda por reinterpretar la realidad, y una máquina no puede meterse en un embrollo espiritual que vuelva imperativa esta búsqueda. Puede escribir un poema que se parezca un poco a todos los poemas, pero sea menos que cualquier otro – menos interesante, melódicamente trillado. Cuando produce imágenes de mujeres, las hace bonitas, pero no mucho más. Una mujer son todas las mujeres, y todas tienen un rostro extrañamente infantilizado.

Hace unos días, leí a unos brasileños en Twitter analizando por qué una marca de juguinhos baratos comenzó a usar inteligencia artificial en su packaging. Alguien concluía, muy atinadamente, que la estética de las imágenes generadas con inteligencia artificial se está estableciendo como la estética de los productos baratos.

En línea con esto, propongo que el marcador de status en relación a internet no será si se pasa mucho tiempo o poco frente a la pantalla, sino el origen del contenido de que se consume.

El consumidor criterioso irá a buscar contenido de alto valor de producción, producido por actores que operen en el mundo real. El consumidor de bajo status va a adoptar un ecosistema de consumos incestuosos. Streamers que transmiten desde su habitación y comentan polémicas de internet. Un circuito cerrado de narrativas que los mantienen cómodamente aislados. Ecosistemas narrativos cuyo sentido común puede ser manipulado muy fácilmente. Votos cautivos.

Cuando utilizo el término «de bajo status», sé que estoy evocando una imagen relativamente nítida en tu mente. Quizás lo imagines como un estereotipo de tu opositor político. Si sos progresista, imaginás a un reaccionario. Si sos reaccionario, imaginás a un progresista. No creo que esa vaya a ser la línea divisoria. Te dejo, que me he vuelto a acalorar.


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